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La costurera de la calle Guerrero
[1] Doña Amparo era menuda como un alfiler. Tenía las manos llenas de nudos, el pelo blanco recogido en un chongo y unos lentes gruesos que le resbalaban hasta la punta de la nariz. Llevaba siempre un rebozo gris y una cinta métrica colgada del cuello, como otros llevan una medalla.
[2] Su taller ocupaba un cuarto angosto en la calle Guerrero. La máquina de coser, vieja y negra, cantaba desde las seis de la mañana, y el barrio entero despertaba con su tac tac tac.
[3] En aquel cuarto cabían mil vestidos. Había trajes de primera comunión colgados del techo, pantalones esperando su dobladillo, uniformes, cortinas y hasta el disfraz de un tigre para la kermés de la escuela.
[4] Una tarde de lluvia entró Lucía, la hija del panadero, con un vestido de fiesta entre los brazos. Lo había heredado de su hermana mayor y le quedaba grande por todos lados. "Mañana es mi graduación", dijo. "¿Me lo puede arreglar para hoy en la noche?"
[5] Doña Amparo la midió con la cinta, pero no miró los números: los tocó. Luego cortó, hilvanó y cosió durante horas, con un siseo suave y sostenido de tijeras, mientras el silencio de la calle sonaba más fuerte que la máquina.
[6] A las diez, Lucía volvió por el vestido. Le quedaba perfecto: el talle justo, la falda a la altura de la rodilla, un listón azul en la cintura. Al pagar, vio que la costurera enhebraba una aguja al primer intento, con los ojos cerrados.
[7] Solo entonces entendió por qué doña Amparo ya no leía el periódico ni saludaba a nadie desde la puerta. Hacía años que sus ojos eran dos ventanas empañadas, pero sus manos habían aprendido a ver.